Frente a él se encontraba el que hasta ahora había sido su compañero inseparable, pistola en mano.
Detrás, una caída sin fin. Un abismo del que no salía más que oscuridad. Una muerte segura.
"¿Por qué?" Preguntó, pero no obtuvo respuesta.
Su compañero dio un paso al frente, con la pistola en alto.
"¿Todo fue un engaño?" Pero una vez más sólo hubo silencio.
Un disparo rompió el silencio, abriendo un agujero en el brazo del joven, que se llevó la otra mano a la herida en un acto reflejo.
"¿O acaso hice algo mal?" La amargura de la situación se hizo cargo de sus emociones, dejando escapar unas lágrimas.
El muchacho se arrodilló, esperando su fin. Por su cabeza se pasaron rápidamente todas las aventuras vividas, y todos lo hechos que había acaecido este fatídico día.
No comprendía las acciones de su fiel amigo. La matanza indiscriminada de todas aquellas personas a las que una vez había querido. No veía más sentido a su existencia.
Mas, en un último instinto por sobrevivir, se lanzó al abismo, negándose a seguir atado a unos lazos que ya no existían y con la esperanza de dejar todo lo ocurrido atrás.
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sábado, 30 de abril de 2016
lunes, 2 de marzo de 2015
La llegada al bosque.
-¡Yo iré tras él!- Informó el capitán Sergoz a su variopinto grupo mientras echaba a correr tras el sonámbulo gnomo que no hacía más que meter al equipo en apuros.
El insomne hombrecillo corría esquivando los troncos y matorrales del claro, acercándose cada vez más al Bosque de los Augurios.
La elfa Erin se levantó dispuesta a echar a correr tras su capitán, mas una robusta mano se posó en su hombro y la empujó obligándola a sentarse en su puesto otra vez.
-¡Ronan!- Dijo ella con furia, sus ojos clavados en la boca del hombretón que mascaba hierba mental para mantenerse alerta.
-Déjalo.- Se limitó a responder al tiempo que cogía la taza que había dejado junto al fuego para calentar su brebaje. -El capitán ha ordenado vigilar el campamento, no podemos ir tras él y poner en peligro a los que aún duermen.- Dijo señalando las tiendas de campaña que se erigían tras ellos, levemente iluminadas por las brasas de la fogata.
-¡Glorog!- Gritaba Sergoz en su desenfrenada carrera. ¿Cómo podía ser que una criatura paticorta fuera tan asombrosamente ágil? Se preguntaba aquél hombre mientras avanzaba inexorablemente al bosque de las leyendas que le contaba su niñera cuando tan sólo era un imberbe en palacio. -El hogar de las almas perdidas...- Susurró tras ver al gnomo perderse entre los troncos del borde del bosque. Llegó hasta el punto donde había perdido de vista a su compañero y se detuvo, pensativo. Sentía una poderosa aura flotando en el ambiente, cubriendo todo el bosque y quedando encerrado. Algo le impedía avanzar, tenía los pies pegados al suelo ¿un mago escondido en las copas? Se preguntó, pero en el fondo sabía que no, que eso sólo era una excusa para esconder su miedo. ¿Miedo? Un capitán hecho y derecho no debería tener miedo, y menos cuando uno de sus camaradas, uno de sus hermanos estaba en peligro.
Sergoz tragó saliva, llevó la mano derecha a la empuñadura de su espada, y se adentró en el bosque sin mirar atrás...
El insomne hombrecillo corría esquivando los troncos y matorrales del claro, acercándose cada vez más al Bosque de los Augurios.
La elfa Erin se levantó dispuesta a echar a correr tras su capitán, mas una robusta mano se posó en su hombro y la empujó obligándola a sentarse en su puesto otra vez.
-¡Ronan!- Dijo ella con furia, sus ojos clavados en la boca del hombretón que mascaba hierba mental para mantenerse alerta.
-Déjalo.- Se limitó a responder al tiempo que cogía la taza que había dejado junto al fuego para calentar su brebaje. -El capitán ha ordenado vigilar el campamento, no podemos ir tras él y poner en peligro a los que aún duermen.- Dijo señalando las tiendas de campaña que se erigían tras ellos, levemente iluminadas por las brasas de la fogata.
-¡Glorog!- Gritaba Sergoz en su desenfrenada carrera. ¿Cómo podía ser que una criatura paticorta fuera tan asombrosamente ágil? Se preguntaba aquél hombre mientras avanzaba inexorablemente al bosque de las leyendas que le contaba su niñera cuando tan sólo era un imberbe en palacio. -El hogar de las almas perdidas...- Susurró tras ver al gnomo perderse entre los troncos del borde del bosque. Llegó hasta el punto donde había perdido de vista a su compañero y se detuvo, pensativo. Sentía una poderosa aura flotando en el ambiente, cubriendo todo el bosque y quedando encerrado. Algo le impedía avanzar, tenía los pies pegados al suelo ¿un mago escondido en las copas? Se preguntó, pero en el fondo sabía que no, que eso sólo era una excusa para esconder su miedo. ¿Miedo? Un capitán hecho y derecho no debería tener miedo, y menos cuando uno de sus camaradas, uno de sus hermanos estaba en peligro.
Sergoz tragó saliva, llevó la mano derecha a la empuñadura de su espada, y se adentró en el bosque sin mirar atrás...
sábado, 21 de febrero de 2015
Caronte. II.
Entró en la casa y cogió el libro que había sobre la mesa. Las historias que inventaron juntos, las promesas que quedaban por cumplir, las fantasías que soñaron. Todo aquello estaba escrito con mala letra en esas páginas. Una gota cayó sobre el papel, humedeciéndolo y corriendo la tinta.
Se acercó a la chimenea y echó todos los recuerdos al fuego, esperando que desapareciesen para siempre junto a su amor y su felicidad. Después, entró él a la fogata.
Se acercó a la chimenea y echó todos los recuerdos al fuego, esperando que desapareciesen para siempre junto a su amor y su felicidad. Después, entró él a la fogata.
viernes, 20 de febrero de 2015
Caronte.
Depositó con cuidado el cuerpo inerte de la que había sido la mujer a la que más había amado en su vida en la barca y la empujó con cuidado usando un pie.
Contempló el pequeño bote adentrarse en el lago mientras daba media vuelta, echaba su capucha hacia atrás y se dirigía de vuelta a la casa mientras se tocaba la cara y los brazos, repasando las cicatrices aún sangrantes que cubrían su cuerpo, pero la cicatriz más profunda y que más le dolía no la podía ver nadie.
Contempló el pequeño bote adentrarse en el lago mientras daba media vuelta, echaba su capucha hacia atrás y se dirigía de vuelta a la casa mientras se tocaba la cara y los brazos, repasando las cicatrices aún sangrantes que cubrían su cuerpo, pero la cicatriz más profunda y que más le dolía no la podía ver nadie.
lunes, 16 de febrero de 2015
Paradise city.
Quería montar una entrada para el sábado, pero la dejé a medias el viernes y al final el mismo sábado no dormí en casa, por lo que no pude terminarla, además ayer (domingo) llegué tarde y cansado a casa, por lo que no pude terminarla tampoco.
Así sin más, os lo dejo ahora ya hecho (aunque no es nada del otro mundo).
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
La melodiosa voz de su compañera unida al delicioso olor de la comida le despertó con cuidado. Abrió los ojos para comprobar que estaba sólo en la cama y poco a poco fue despertando todos sus sentidos.
Se levantó a duras penas, ayudado por la idea de volver a verla, se puso las zapatillas de andar por casa y salió de la habitación en dirección a la cocina. La hermosa voz de la joven se fue haciendo cada vez más audible conforme se iba acercando, atraido por el olor de las tortitas que ella le preparaba con todo su amor.
-Buenos días, princesa.- Saludó el hombre alegremente mientras rodeaba la cintura de la chica con sus brazos y besaba su nuca.
-Buenos días bicho.- Respondió ella girándose para besarlo en los labios. -No quería despertarte.- Se disculpó con una sonrisa en la cara.
-No lo has hecho.- Comentó él. -Porque cada mañana a tu lado es como un sueño hecho realidad.- Dijo mientras la abrazaba con fuerza.
-Tonto.- Le respondió ella mientras apartaba la mirada y se ponía colorada.
Ambos se sentaron a la mesa para desayunar mientras hablaban de todo y de nada, reían juntos, y el tiempo pasaba, simplemente estando juntos, sin hacer nada en especial, pero sin querer cambiarlo por nada del mundo.
-Ojalá este momento no acabase nunca.
-Me gustaría que todo pudiese ser siempre así.
Te amo más que a nada.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
No quiero eclipsar el relato con mis historias de la Japan, por lo que voy a contarlo ahora, en la misma entrada, aunque de una forma muy breve.
El domingo participé en un torneo de pokémon, en formato OU (a pesar de lo mucho que odio Smogon), y para mi sorpresa, aún siendo mi primer torneo de este estilo, quedé en tercer lugar (y por poco no en primero), de hecho no llegué a la final porque pequé de exceso de confianza y no usé Puño Bala cuando debía (puto Mega Lopunny). En fin, creo que demostré durante el torneo que jugar OU no tiene ningún misterio y que es un formato para retraidos mentales. No por nada, sino porque sin estar familiarizado con mi equipo (hice dos combates de práctica) pude ganar sólo porque mis oponentes llevaban los sets típicos que dicta Smogon, y claro, como yo sólo llevaba dos OU en el equipo, no pudieron predecirme tan bien como hubieran querido.
A ver, que se me entienda. Mis rivales eran buenos, pero todos ellos fueron bastante previsibles dentro de lo que cabe.
En fin, de aquí a unos días un colega al que tuve que echar en tercera ronda (lo siento Hotaku) subirá mis vídeos del torneo a YouTube haré una entrada con los links.
Así sin más, os lo dejo ahora ya hecho (aunque no es nada del otro mundo).
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La melodiosa voz de su compañera unida al delicioso olor de la comida le despertó con cuidado. Abrió los ojos para comprobar que estaba sólo en la cama y poco a poco fue despertando todos sus sentidos.
Se levantó a duras penas, ayudado por la idea de volver a verla, se puso las zapatillas de andar por casa y salió de la habitación en dirección a la cocina. La hermosa voz de la joven se fue haciendo cada vez más audible conforme se iba acercando, atraido por el olor de las tortitas que ella le preparaba con todo su amor.
-Buenos días, princesa.- Saludó el hombre alegremente mientras rodeaba la cintura de la chica con sus brazos y besaba su nuca.
-Buenos días bicho.- Respondió ella girándose para besarlo en los labios. -No quería despertarte.- Se disculpó con una sonrisa en la cara.
-No lo has hecho.- Comentó él. -Porque cada mañana a tu lado es como un sueño hecho realidad.- Dijo mientras la abrazaba con fuerza.
-Tonto.- Le respondió ella mientras apartaba la mirada y se ponía colorada.
Ambos se sentaron a la mesa para desayunar mientras hablaban de todo y de nada, reían juntos, y el tiempo pasaba, simplemente estando juntos, sin hacer nada en especial, pero sin querer cambiarlo por nada del mundo.
-Ojalá este momento no acabase nunca.
-Me gustaría que todo pudiese ser siempre así.
Te amo más que a nada.
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No quiero eclipsar el relato con mis historias de la Japan, por lo que voy a contarlo ahora, en la misma entrada, aunque de una forma muy breve.
El domingo participé en un torneo de pokémon, en formato OU (a pesar de lo mucho que odio Smogon), y para mi sorpresa, aún siendo mi primer torneo de este estilo, quedé en tercer lugar (y por poco no en primero), de hecho no llegué a la final porque pequé de exceso de confianza y no usé Puño Bala cuando debía (puto Mega Lopunny). En fin, creo que demostré durante el torneo que jugar OU no tiene ningún misterio y que es un formato para retraidos mentales. No por nada, sino porque sin estar familiarizado con mi equipo (hice dos combates de práctica) pude ganar sólo porque mis oponentes llevaban los sets típicos que dicta Smogon, y claro, como yo sólo llevaba dos OU en el equipo, no pudieron predecirme tan bien como hubieran querido.
A ver, que se me entienda. Mis rivales eran buenos, pero todos ellos fueron bastante previsibles dentro de lo que cabe.
En fin, de aquí a unos días un colega al que tuve que echar en tercera ronda (lo siento Hotaku) subirá mis vídeos del torneo a YouTube haré una entrada con los links.
domingo, 1 de febrero de 2015
Viajeros
Podéis ahorraros el "ha vuelto" y toda la mierda que eso conlleva.
--------------------------------------
-¡Espera!- Susurró cogiendo a su compañera del hombro. -Aún puede estar por aquí.- El hombre se levantó un poco, lo suficiente para que sus ojos superasen el obstáculo tras el que se ocultaban y poder vislumbrar su alrededor en busca de su perseguidor.
-¿Se ha ido?- Preguntó notablemente nerviosa la mujer. Todavía recordaba con horror la masacre que había encontrado en la sala de juntas aquella mañana, cuando todavía no sabían que la criatura que habían rescatado del moribundo planeta había mutado y ahora andaba cazando a cuanto ser se le ponía por delante.
-Creo que sí, pero aún tenemos que tener.- La frase quedó interrumpida de súbito cuando una garra se clavó en el rostro del hombre, con el brazo doblando la esquina de una de las cajas tras las que se habían escondido.
La mujer se llevó las manos a la boca para ayudarse a contener un grito de angustia mientras gateaba hacia atrás en busca de un nuevo cobijo. La garra tiró con fuerza del hombre, que lanzó un grito desgarrador antes de silenciarse para siempre mientras la mujer podía contemplar como la sangre salpicaba la pared del fondo.
"Está comiendo" pensó acongojada, "se lo está comiendo con huesos y todo" identificó por los crujidos que le llegaban a los oídos. "Voy a ser la siguiente".
La criatura se irguió sobre sus patas traseras y olfateó el aire. Su cara se giró en dirección a la mujer, que se había quedado petrificada mirándolo. La sangre le caía a borbotones de entre los huecos de sus mandíbulas y garras. Tenía el cuerpo cubierto en su totalidad del color carmesí de la sangre oxidada. Avanzó un par de pasos hacia la mujer y volvió a ponerse a cuatro patas. Pegó su cara contra la de la chica y la olió. Ella pudo notar el cálido aire de la criatura sobre su pómulo, y le pareció extraño, por lo que alargó la mano para acariciarle la cara. Posó su palma sobre la frente del engrendro y éste agachó la cabeza.
La mujer empezó a pensar que estaba a salvo, mas tal sensación no le duró demasiado, pues la criatura parecía tener un macabro y retorcido sentido del humor, ya que cuando la hizo sentirse extrañamente a salvo, aprovechó el momento para abalanzarse sobre ella y desgarrárle la carótida, dejando que muriese desangrada poco a poco mientras cruzaba la puerta de la sala.
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-¡Espera!- Susurró cogiendo a su compañera del hombro. -Aún puede estar por aquí.- El hombre se levantó un poco, lo suficiente para que sus ojos superasen el obstáculo tras el que se ocultaban y poder vislumbrar su alrededor en busca de su perseguidor.
-¿Se ha ido?- Preguntó notablemente nerviosa la mujer. Todavía recordaba con horror la masacre que había encontrado en la sala de juntas aquella mañana, cuando todavía no sabían que la criatura que habían rescatado del moribundo planeta había mutado y ahora andaba cazando a cuanto ser se le ponía por delante.
-Creo que sí, pero aún tenemos que tener.- La frase quedó interrumpida de súbito cuando una garra se clavó en el rostro del hombre, con el brazo doblando la esquina de una de las cajas tras las que se habían escondido.
La mujer se llevó las manos a la boca para ayudarse a contener un grito de angustia mientras gateaba hacia atrás en busca de un nuevo cobijo. La garra tiró con fuerza del hombre, que lanzó un grito desgarrador antes de silenciarse para siempre mientras la mujer podía contemplar como la sangre salpicaba la pared del fondo.
"Está comiendo" pensó acongojada, "se lo está comiendo con huesos y todo" identificó por los crujidos que le llegaban a los oídos. "Voy a ser la siguiente".
La criatura se irguió sobre sus patas traseras y olfateó el aire. Su cara se giró en dirección a la mujer, que se había quedado petrificada mirándolo. La sangre le caía a borbotones de entre los huecos de sus mandíbulas y garras. Tenía el cuerpo cubierto en su totalidad del color carmesí de la sangre oxidada. Avanzó un par de pasos hacia la mujer y volvió a ponerse a cuatro patas. Pegó su cara contra la de la chica y la olió. Ella pudo notar el cálido aire de la criatura sobre su pómulo, y le pareció extraño, por lo que alargó la mano para acariciarle la cara. Posó su palma sobre la frente del engrendro y éste agachó la cabeza.
La mujer empezó a pensar que estaba a salvo, mas tal sensación no le duró demasiado, pues la criatura parecía tener un macabro y retorcido sentido del humor, ya que cuando la hizo sentirse extrañamente a salvo, aprovechó el momento para abalanzarse sobre ella y desgarrárle la carótida, dejando que muriese desangrada poco a poco mientras cruzaba la puerta de la sala.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
Ángel o Demonio.
-¿Ángel o Demonio?
-Vaya pregunta más absurda.- Dijo aburrido. -¿Acaso no me conoces?- Preguntó con voz furiosa, mientras sus ojos penetraban en su interlocutor.
Siempre había odiado aquella pregunta, ¡como si alguna vez hubiera hecho algo bueno en su vida! Aunque hubo un tiempo en que lo intentó.
Cuando nació era una persona normal, y siempre quiso ser un ángel, pero todas las decisiones erróneas que fue tomando en su vida le condujeron hacia el camino de los demonios. Aún cuando intentaba hacer las cosas bien la gente a su lado sufría destinos horribles. "¿Estaré predestinado a ser un demonio?" Se preguntó en más de una ocasión, hasta que acepto ese hecho como algo innegable a su propia existencia.
Continuó su camino de demonio en solitario, nadie de sus congéneres quería tener nada que ver con él, le repudiaron. Ni que decir tiene que los ángeles tampoco lo aceptaron a su lado, pues siempre que él andaba cerca algo malo acababa por pasar. Todos excepto unos pocos, que se atrevieron a conocerle a fondo, a descubrir que no era un demonio por decisión.
El día que aquél hermoso ángel reparó en su presencia y se acercó a él notó su corazón latir fuerte, más rápido de lo que lo había hecho nunca. "Debe ser un error, un ángel nunca se fijaría en un demonio como yo." Se repetía contínuamente, negándose a aceptar que aquello fuera real.
Y sin embargo lo era. Aquél ángel puro como la nieve había reparado en la presencia del demonio y quería conocerle, y aún cuando lo hizo y cosas horribles pasaron no quiso separarse de su lado.
-No eres tan malo como crees.- Le decía siempre, pero nunca hizo caso, nunca entendió porqué el ángel quería estar a su lado.
Pero un día, el poder del demonio actuó por última vez.
-¡Eres estúpida!- Gritó lleno de confusión.
Pero no hubo respuesta.
El ángel yacía tendido en el suelo, respirando a duras penas, con su luz apagada, con sus vestimentas grisáceas.
-¿¡Porqué no te vas!?- Preguntó mientras lanzaba una mesa contra la pared.
-Porque aún te quiero.- Respondió entre toses.
-¿¡Porqué!? ¿¡Acaso no ves que te estoy matando!?- Dijo mientras se acercaba amenazadoramente hacia ella.
-No eres tan malo...- Contestó antes de quedar inconsciente.
El demonio le estuvo dando vueltas a esas frases durante mucho tiempo. ¿Porqué el ángel había estado tanto tiempo a su lado aunque sufría por ello? ¿Porqué le quería? No tenía ninguna respuesta, él sólo sabía que cada día que pasaba odiaba más su naturaleza y a sí mismo. Odiaba haber dañado tanto a aquél ángel que casi dio su vida por él, hasta quedarse sin luz, hasta quedarse sin fuerza.
¿De verdad era tan bueno como decía? El demonio no pensaba para nada ser bueno, pero por una vez empezó a creerlo, al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer un ángel tan maravilloso con semejante demonio de no ser así?
-Vaya pregunta más absurda.- Dijo aburrido. -¿Acaso no me conoces?- Preguntó con voz furiosa, mientras sus ojos penetraban en su interlocutor.
Siempre había odiado aquella pregunta, ¡como si alguna vez hubiera hecho algo bueno en su vida! Aunque hubo un tiempo en que lo intentó.
Cuando nació era una persona normal, y siempre quiso ser un ángel, pero todas las decisiones erróneas que fue tomando en su vida le condujeron hacia el camino de los demonios. Aún cuando intentaba hacer las cosas bien la gente a su lado sufría destinos horribles. "¿Estaré predestinado a ser un demonio?" Se preguntó en más de una ocasión, hasta que acepto ese hecho como algo innegable a su propia existencia.
Continuó su camino de demonio en solitario, nadie de sus congéneres quería tener nada que ver con él, le repudiaron. Ni que decir tiene que los ángeles tampoco lo aceptaron a su lado, pues siempre que él andaba cerca algo malo acababa por pasar. Todos excepto unos pocos, que se atrevieron a conocerle a fondo, a descubrir que no era un demonio por decisión.
El día que aquél hermoso ángel reparó en su presencia y se acercó a él notó su corazón latir fuerte, más rápido de lo que lo había hecho nunca. "Debe ser un error, un ángel nunca se fijaría en un demonio como yo." Se repetía contínuamente, negándose a aceptar que aquello fuera real.
Y sin embargo lo era. Aquél ángel puro como la nieve había reparado en la presencia del demonio y quería conocerle, y aún cuando lo hizo y cosas horribles pasaron no quiso separarse de su lado.
-No eres tan malo como crees.- Le decía siempre, pero nunca hizo caso, nunca entendió porqué el ángel quería estar a su lado.
Pero un día, el poder del demonio actuó por última vez.
-¡Eres estúpida!- Gritó lleno de confusión.
Pero no hubo respuesta.
El ángel yacía tendido en el suelo, respirando a duras penas, con su luz apagada, con sus vestimentas grisáceas.
-¿¡Porqué no te vas!?- Preguntó mientras lanzaba una mesa contra la pared.
-Porque aún te quiero.- Respondió entre toses.
-¿¡Porqué!? ¿¡Acaso no ves que te estoy matando!?- Dijo mientras se acercaba amenazadoramente hacia ella.
-No eres tan malo...- Contestó antes de quedar inconsciente.
El demonio le estuvo dando vueltas a esas frases durante mucho tiempo. ¿Porqué el ángel había estado tanto tiempo a su lado aunque sufría por ello? ¿Porqué le quería? No tenía ninguna respuesta, él sólo sabía que cada día que pasaba odiaba más su naturaleza y a sí mismo. Odiaba haber dañado tanto a aquél ángel que casi dio su vida por él, hasta quedarse sin luz, hasta quedarse sin fuerza.
¿De verdad era tan bueno como decía? El demonio no pensaba para nada ser bueno, pero por una vez empezó a creerlo, al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer un ángel tan maravilloso con semejante demonio de no ser así?
martes, 30 de diciembre de 2014
El Umbreon.
Este texto estaba escrito en una nota que iba junto a un regalo, pero no parece que vaya a ser posible dárselo dentro de poco y estoy super deprimido, por lo que voy a escribirlo aquí y ahora.
¿Que porqué te comparo con un Umbreon Shiny?
Será porque es bello.
Será porque es especial.
Será porque es un gran apoyo.
Será por todo eso y por mucho más.
Sólo apareces con una gran muestra de amor.
Y lo devuelves elevado al infinito.
El pokémon que cualquier entrenador desearía tener.
El mejor pokémon que capturé.
El día que apareciste en mi vida ya supe que era afortunado.
No podía imaginar que mi suerte sólo acababa de empezar.
Durante un año fui el hombre más feliz del mundo.
Pero tus anillos perdieron su color azulado.
Los fuiste pintando de amarillo para ser como los demás, como lo que te dije que quería.
Pero no era cierto.
Ojalá llegue pronto el día en que recuerdes que tus anillos eran azul celeste.
Del mismo color que eran los días contigo.
De un color especial.
Porque eres el Umbreon más especial que un simple entrenador podría conseguir jamás.
Al final de la nota original también puse una especie de ficha que decía que tenía 31 en todos los stats y la Belleza subida a tope para los concursos, pero lo quité.
¿Que porqué te comparo con un Umbreon Shiny?
Será porque es bello.
Será porque es especial.
Será porque es un gran apoyo.
Será por todo eso y por mucho más.
Sólo apareces con una gran muestra de amor.
Y lo devuelves elevado al infinito.
El pokémon que cualquier entrenador desearía tener.
El mejor pokémon que capturé.
El día que apareciste en mi vida ya supe que era afortunado.
No podía imaginar que mi suerte sólo acababa de empezar.
Durante un año fui el hombre más feliz del mundo.
Pero tus anillos perdieron su color azulado.
Los fuiste pintando de amarillo para ser como los demás, como lo que te dije que quería.
Pero no era cierto.
Ojalá llegue pronto el día en que recuerdes que tus anillos eran azul celeste.
Del mismo color que eran los días contigo.
De un color especial.
Porque eres el Umbreon más especial que un simple entrenador podría conseguir jamás.
Al final de la nota original también puse una especie de ficha que decía que tenía 31 en todos los stats y la Belleza subida a tope para los concursos, pero lo quité.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Eternal Flame.
-Hola cariño.- Saludó amablemente el gran hombre al entrar por la puerta de casa mientras avanzaba hacia su esposa, que estaba recostada en el sofá.
-Bienvenido amor mío.- Lo recibió ella mientras se inclinaba para besar a su marido que había llegado hasta su posición.
-Hola campeón.- Continuó el hombre inclinándose hacia la barriga de su mujer y besándola. Ella rió y volvió a besarlo.
Tessa estaba embarazada de ocho meses y esperaba dar a luz esa misma semana. Max había doblado turnos en su trabajo para poder tener la casa lista para el nuevo bebé y poder cumplir los antojos de su mujer. El día en que supieron que iban a ser padres lo celebraron por todo lo alto, estaban pletóricos de ampliar su familia.
-¿Cómo querrás que se llame?- Fue la primera pregunta que hizo Tessa a Max.
-Podría llamarse Ash, como mi padre.- Comentó él.
-O Chandler como el mío.- Bromeó ella.
Y aunque el día se acercaba, aún no tenían claro el nombre que llevaría su hijo.
Max abrazó a su mujer con cariño mientras notaba que la temperatura de su mujer se había disparado y le estaba quemando los brazos, pero no se separó. Siempre le había costado estar junto a una piromántica siendo él un usuario de aire, porque en los momentos de pasión ella se descontrolaba, aumentando a nieveles peligrosos la temperatura y el aire que él expedía no hacía sino empeorar las cosas.
Pero se había llegado a acostumbrar a quemarse de vez en cuando, porque aquella mujer ígnea le hacía feliz.
Tenía todo lo que él buscaba en una mujer: era ardiente y fogosa en la cama, cocinaba bien, le cuidaba cuando lo necesitaba y podía confiar plenamente en ella. Era muy inteligente y trabajadora y la más bella de las mujeres sobre la faz de la Tierra.
A ella tampoco le resultaba fácil contenerse cuando estaba con su amado. Se sentía mal por hacerle daño a menudo, pero él sabía manejar la situación para tranquilizarla. Tessa amaba los vientos optimistas que siempre traía su marido. Le gustaba la manera en que se esforzaba por hacerla reír y por mantenerla alegre. Valoraba la atención que siempre le dedicó y también creía que estaba casada con el hombre más maravilloso del planeta.
Hacían una buena pareja: Fuego y Aire creaban una llama de amor eterna que nada podía apagarla.
Incluso cuando el estado prohibió las relaciones entre elementales de distinto tipo, ellos se fugaron para poder celebrar su amor, fueron fugitivos de sus sentimientos.
Ahora que iba a nacer el primer hijo de fuego y aire, esperaban que su llama nunca se agotase y pudiesen vivir su amor eternamente y en familia.
-Bienvenido amor mío.- Lo recibió ella mientras se inclinaba para besar a su marido que había llegado hasta su posición.
-Hola campeón.- Continuó el hombre inclinándose hacia la barriga de su mujer y besándola. Ella rió y volvió a besarlo.
Tessa estaba embarazada de ocho meses y esperaba dar a luz esa misma semana. Max había doblado turnos en su trabajo para poder tener la casa lista para el nuevo bebé y poder cumplir los antojos de su mujer. El día en que supieron que iban a ser padres lo celebraron por todo lo alto, estaban pletóricos de ampliar su familia.
-¿Cómo querrás que se llame?- Fue la primera pregunta que hizo Tessa a Max.
-Podría llamarse Ash, como mi padre.- Comentó él.
-O Chandler como el mío.- Bromeó ella.
Y aunque el día se acercaba, aún no tenían claro el nombre que llevaría su hijo.
Max abrazó a su mujer con cariño mientras notaba que la temperatura de su mujer se había disparado y le estaba quemando los brazos, pero no se separó. Siempre le había costado estar junto a una piromántica siendo él un usuario de aire, porque en los momentos de pasión ella se descontrolaba, aumentando a nieveles peligrosos la temperatura y el aire que él expedía no hacía sino empeorar las cosas.
Pero se había llegado a acostumbrar a quemarse de vez en cuando, porque aquella mujer ígnea le hacía feliz.
Tenía todo lo que él buscaba en una mujer: era ardiente y fogosa en la cama, cocinaba bien, le cuidaba cuando lo necesitaba y podía confiar plenamente en ella. Era muy inteligente y trabajadora y la más bella de las mujeres sobre la faz de la Tierra.
A ella tampoco le resultaba fácil contenerse cuando estaba con su amado. Se sentía mal por hacerle daño a menudo, pero él sabía manejar la situación para tranquilizarla. Tessa amaba los vientos optimistas que siempre traía su marido. Le gustaba la manera en que se esforzaba por hacerla reír y por mantenerla alegre. Valoraba la atención que siempre le dedicó y también creía que estaba casada con el hombre más maravilloso del planeta.
Hacían una buena pareja: Fuego y Aire creaban una llama de amor eterna que nada podía apagarla.
Incluso cuando el estado prohibió las relaciones entre elementales de distinto tipo, ellos se fugaron para poder celebrar su amor, fueron fugitivos de sus sentimientos.
Ahora que iba a nacer el primer hijo de fuego y aire, esperaban que su llama nunca se agotase y pudiesen vivir su amor eternamente y en familia.
jueves, 20 de noviembre de 2014
Sweet Child O' Mine.
Se levantó de la cama con un gran dolor en todo su cuerpo. Antepuso el dorso de su mano frente a los ojos para tapar toda la luz que le cegaba.
Observó con dificultad a su compañera que aún dormía.
Contempló la hermosa espalda de su amante y las dos blancas alas que le salían de los omóplatos.
Aquél hermoso ángel que le había hecho desafíar a los demonios, a los de su sangre, repudiando todo por lo que había luchado antaño.
Salió de la sala con cuidado de no hacer ruido y se vistió. Comprobó el número de quemaduras y laceraciones nuevas y las cubrió con gasa.
Su compañera brillaba tanto que le dolía en la piel, pero más le dolía su ausencia, por lo que no se quejó.
Abrió el armario y sacó de su interior un par de guadañas, las cargó a la espada y salió de la casa.
Extendió sus rasgadas alas y voló con intención de luchar hasta el final contra su pasado.
Hasta su final.
Para que ella no tuviera que volver a sufrir, daría su vida.
Y lo haría con gusto.
Observó con dificultad a su compañera que aún dormía.
Contempló la hermosa espalda de su amante y las dos blancas alas que le salían de los omóplatos.
Aquél hermoso ángel que le había hecho desafíar a los demonios, a los de su sangre, repudiando todo por lo que había luchado antaño.
Salió de la sala con cuidado de no hacer ruido y se vistió. Comprobó el número de quemaduras y laceraciones nuevas y las cubrió con gasa.
Su compañera brillaba tanto que le dolía en la piel, pero más le dolía su ausencia, por lo que no se quejó.
Abrió el armario y sacó de su interior un par de guadañas, las cargó a la espada y salió de la casa.
Extendió sus rasgadas alas y voló con intención de luchar hasta el final contra su pasado.
Hasta su final.
Para que ella no tuviera que volver a sufrir, daría su vida.
Y lo haría con gusto.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Zombie.
Corrió esquivando las balas por poco, dobló una esquina tirando de su compañera al tiempo que sentía uno de los proyectiles clavarse en su brazo.
-¡Joder!- Gritó mientras se sentaba y apretaba la herida con la otra mano.
Su compañera se inclinó para inspeccionar la herida y le aplicó un vendaje rápido.
-Tenemos que seguir huyendo.- Susurró el hombre. La chica asintió con la cabeza.
Ambos volvieron a emprender la carrera oyendo los disparos a su espalda. ¿Cómo habían acabado así? No lo recordaban.
¿Había empezado todo ello con la liberación del virus zombi? No, eso sólo había hecho que se conocieran mientras luchaban por sobrevivir.
¿Había sido cuando encontraron al grupo de Jack? Tampoco. Ellos les habían admitido y habían establecido una comunidad.
¿Entonces porque les estaban disparando ahora? No lo sabían.
Entraron en un edificio pequeño y se sentaron a descansar. El hombre se quitó la venda.
-Mierda.- Dijo mientras la examinaba. -Me han jodido pero bien.- Ya no se sentía el brazo, pero era normal. La bala le había perforado carne, arterias y nervios, había sido un tiro certero.
Sabía que iba a perder el brazo, y que la necrosis acabaría por acabar con su vida, por lo que asumió su destino y besó por última vez a su compañera.
-Te amo.- Le dijo. -Y te dije que siempre cuidaría de ti.- Hizo una pausa mientras se enjugaba las lágrimas. -Y aunque no pude evitar que te mordieran y te convirtieran, aún cuidé de ti cuando intentaste comerme.- La abrazó con fuerza. -Y también te protegí cuando los otros te quisieron matar.- La llenó de besos desde el cuello hasta los labios. -Pero ahora he de irme.- Sentenció entre sollozos.
La mujer, que se había mantenido seria desde que su compañero empezase a hablar, se inclinó y mordió el cuello del hombre. Tiró, llevándose consigo un buen pedazo de yugular, matando al sollozante joven en el acto. Entonces esperó.
Durante tres horas no se separó del cuerpo sin vida de su compañero, hasta que éste por fin se movió. Unos espamos sacudieron todos sus músculos hasta que se levantó con dificultad. Giró su cabeza y contempló a su amada mirándole fijamente. Una lágrima negruzca se deslizó por su pálida mejilla.
Y la besó una vez más.
-¡Joder!- Gritó mientras se sentaba y apretaba la herida con la otra mano.
Su compañera se inclinó para inspeccionar la herida y le aplicó un vendaje rápido.
-Tenemos que seguir huyendo.- Susurró el hombre. La chica asintió con la cabeza.
Ambos volvieron a emprender la carrera oyendo los disparos a su espalda. ¿Cómo habían acabado así? No lo recordaban.
¿Había empezado todo ello con la liberación del virus zombi? No, eso sólo había hecho que se conocieran mientras luchaban por sobrevivir.
¿Había sido cuando encontraron al grupo de Jack? Tampoco. Ellos les habían admitido y habían establecido una comunidad.
¿Entonces porque les estaban disparando ahora? No lo sabían.
Entraron en un edificio pequeño y se sentaron a descansar. El hombre se quitó la venda.
-Mierda.- Dijo mientras la examinaba. -Me han jodido pero bien.- Ya no se sentía el brazo, pero era normal. La bala le había perforado carne, arterias y nervios, había sido un tiro certero.
Sabía que iba a perder el brazo, y que la necrosis acabaría por acabar con su vida, por lo que asumió su destino y besó por última vez a su compañera.
-Te amo.- Le dijo. -Y te dije que siempre cuidaría de ti.- Hizo una pausa mientras se enjugaba las lágrimas. -Y aunque no pude evitar que te mordieran y te convirtieran, aún cuidé de ti cuando intentaste comerme.- La abrazó con fuerza. -Y también te protegí cuando los otros te quisieron matar.- La llenó de besos desde el cuello hasta los labios. -Pero ahora he de irme.- Sentenció entre sollozos.
La mujer, que se había mantenido seria desde que su compañero empezase a hablar, se inclinó y mordió el cuello del hombre. Tiró, llevándose consigo un buen pedazo de yugular, matando al sollozante joven en el acto. Entonces esperó.
Durante tres horas no se separó del cuerpo sin vida de su compañero, hasta que éste por fin se movió. Unos espamos sacudieron todos sus músculos hasta que se levantó con dificultad. Giró su cabeza y contempló a su amada mirándole fijamente. Una lágrima negruzca se deslizó por su pálida mejilla.
Y la besó una vez más.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Nothing else matters.
El niño salió a jugar al patio como acostumbraba a hacer, pero pronto reparó en la presencia de una bella flor creciendo a solas en un pequeño recinto del jardín. “Qué flor más bonita”, pensó mientras acercaba para cogerla, mas una abeja salió de su interior y el chico huyó asustado. “No volveré a acercarme”, dijo mientras entraba a casa.
El día siguiente volvió a reparar en la belleza de aquella flor, y volvió a acercarse para recogerla. Una nueva abeja salió, pero esta vez el niño no se inmutó y siguió avanzando aún cuando ésta le picó en la mano. Giró sus dedos en torno al delicado tallo de la planta y retiró la mano con un movimiento rápido tras pincharse. “No volveré a acercarme”, dijo nuevamente.
A la tarde siguiente repitió el proceso. Otra abeja clavó su aguijón mientras se acercaba, y volvió a clavarse las espinas de la planta. Apretó fuerte notando la sangre resbalar por la palma y tiró con fuerza sacando la planta con raíces y todo. La dejó en un jarrón con agua mientras preparaba un hueco en una maceta donde crecían otras flores hermosas, entonces la trasplantó con las demás, y ya no le importó el dolor que sentía mientras la contemplaba cada día.
El día siguiente volvió a reparar en la belleza de aquella flor, y volvió a acercarse para recogerla. Una nueva abeja salió, pero esta vez el niño no se inmutó y siguió avanzando aún cuando ésta le picó en la mano. Giró sus dedos en torno al delicado tallo de la planta y retiró la mano con un movimiento rápido tras pincharse. “No volveré a acercarme”, dijo nuevamente.
A la tarde siguiente repitió el proceso. Otra abeja clavó su aguijón mientras se acercaba, y volvió a clavarse las espinas de la planta. Apretó fuerte notando la sangre resbalar por la palma y tiró con fuerza sacando la planta con raíces y todo. La dejó en un jarrón con agua mientras preparaba un hueco en una maceta donde crecían otras flores hermosas, entonces la trasplantó con las demás, y ya no le importó el dolor que sentía mientras la contemplaba cada día.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Little Talks.
-Mañana subiremos.- Dijo el hombre rubio a su equipo mientras todos se calentaban frente a una hoguera al pie de la montaña.
-¿Crees que tendremos suerte?- Preguntó el más joven de todos, con una perilla castaña y unas líneas pintadas en la cara.
-Todo irá bien mientras la tengamos de nuestro lado.- Comentó el primero señalando al cielo.
La noche pasó entre historias del pasado y aventuras ficticias, riendo como no habían hecho en mucho tiempo, desde que perdieran al quinto miembro de su grupo, a la amada del líder, la mujer más hermosa que había caminado jamás por la tierra.
De lejos, subida en un árbol, una figura femenina observaba al grupo de cuatro hombres que iban cayendo de sueño uno a uno...
Por la mañana recogieron los sacos de dormir y apagaron el fuego. Les resultaba extraño haber podido dormir de forma tan plácida en un lugar tan inóspito, pero se alegraron por ello.
Ray, el hombre rubio y líder de la expedición, recogió un anillo de entre las brasas aún humeantes. Notó el metal quemándole la mano, mas no le importó. Una lágrima cayó para suavizar el dolor.
-He descubierto un camino.- Informó un corpulento hombre con tez morena a Ray.
-Gracias Mor.- Respondió el líder. -Guíanos por favor.- Pidió con una sonrisa.
Todos se pusieron en marcha siguiendo al gran hombre, mientras por encima de sus cabezas les sobrevolaba la mujer que les había estado observando durante la noche.
La subida no tuvo incidencias más allá de una nevada que les cogió por sorpresa, obligándoles a establecer una unión de seguridad entre todos, que ahora avanzaban atados con una cuerda los unos a los otros y temblando de frío.
Mor encabezaba el grupo seguido de Ted, el chico joven. Detrás iban Ray y Dan el pelirrojo. El camino avanzaba con normalidad hasta que el suelo se quebró bajo los pies de Mor, dejándolo suspendido en el aire y tirando con su peso a Ted que era el siguiente en la cuerda. Ray clavó su piqueta contra la pared mientras intentaba con todas sus fuerzas no dejarse arrastrar por el peso de sus compañeros y procuraba tirar de ellos para salvarlos.
La mujer descendió suavemente y rodeó con sus brazos al líder, ayudándolo a tirar y consiguiendo rescatar a todos con gran dificultad. Ted y Mor quedaron de rodillas en el suelo del camino, con la adrenalina dejando de fluir por sus venas poco a poco.
-¿Estáis bien?- Preguntó Dan mientras se acercaba a sus compañeros.
Ray miró hacia atrás, pero no vio nada. "Que extraño", pensó, "Juraría que he notado una presencia", pero la tormenta era tan espesa que apenas sí podía ver medio metro delante suya.
Cuando todos estuvieron recuperados del susto cruzaron el pequeño desfiladero que quedaba donde Ted y Mor habían estado a punto de despeñarse. Pasaron uno a uno y sin ninguna prisa, estando preparados para tirar de la cuerda si alguno caía. Pero nada malo volvió a pasar y pudieron seguir adelante.
Al fin llegaron al final del camino y ahora se encontraban frente a un gran precipicio y ninguna forma aparente de continuar.
-¿Y ahora qué?- Preguntó Dan tras asomarse con cuidado al abismo.
-Intentaremos llegar a la otra montaña.- Sentenció Ray señalando al frente, donde se intuía la sombra de una segunda elevación.
El líder de la expedición rebuscó en su mochila y sacó un pequeño cañón con un arpón dentro. Ató el final del arpón al arma con una cuerda gruesa y resistente. Mantuvo la respiración mientras apuntaba. Y disparó.
El arpón salió lanzado haciendo una gran parábola hacia arriba y llegó a la otra montaña por poco. Ray tiró de la cuerda para asegurarse de que estaba bien sujeta. Recogió unos centímetros y entonces no pudo más; estaba aferrada a algo. Un graznido retumbó desde la otra elevación y una figura emergió de ahí.
Un gran cuervo salió volando de entre la ventisca y apareció en la visión del grupo. Tenía el arpón clavado en una de sus patas que borboteaba sangre negra. La gran bestia se abalanzó sobre los cuatro hombres, que se tiraron al suelo para ponerse a cubierto. El ave impactó contra la pared de la montaña, causando un gran desprendimiento de nieve que casi los sepultó, pero pudieron salir sin mucha dificultad.
Todos se pusieron en pie, dispuestos a salir corriendo, pero de la mochila de Ted se deslizó una pistola de bengalas, que recogió con expresión confusa. Miró la herramienta entre sus manos y se le ocurrió un plan. Apuntó con ella al cuervo que volvía a abalanzarse contra ellos, y disparó.
La extraña mujer que los había estado siguiendo voló a gran velocidad siguiendo la trayectoria de la bengala hasta que llegó al pico abierto de la bestia y se tragó primero la bengala y luego a la mujer y siguió volando hacia la expedición a gran velocidad.
-¡No ha funcionado!- Se lamentó Mor mientras echaba a correr como podía por la nieve, pero justo en ese momento las plumas y luego la carne del cuervo comenzaron a arder, hubo una pequeña explosión y luego un montón de cenizas y plumas negras cayendo suavemente por el abismo, mientras la mujer flotaba en el centro de todo ello totalmente intacta.
-¡La bengala le ha hecho arder desde dentro!- Gritó Dan emocionado mientras se acercaba a abrazar a Ted y los demás. Ray dejó de apretar con fuerza la mano en que llevaba el anillo de su amada y la abrió lentamente. Observó la marca que le había dejado grabada en la piel, y volvió a guardar el objeto en uno de sus bolsillos.
Repitieron el disparo de un nuevo arpón, el último, y esta vez tuvieron suerte. Ahora sólo quedaba pasar por la cuerda hasta la otra montaña. Cortaron su cuerda de seguridad hasta tener una cuerda propia para cada uno y entonces pusieron en marcha el plan. Se ataron cada uno un extremo de la cuerda y la pasaron por encima del cable que unía ambas montañas, entonces se ataron el otro extremo. Una vez asegurado que si las manos se les resbalaban no caerían, comenzaron a cruzar.
Hicieron un gran esfuerzo muy prolongado, por lo que al llegar a la otra montaña tuvieron que sentarse a descansar alrededor de una hoguera. La mujer también se sentó, más alejada del grupo. Charlaron durante unas horas hasta que estuvieron preparados para partir. Cuando se sintieron descansados, continuaron subiendo la montaña.
Con el Sol poniéndose a su espalda consiguieron llegar a la parte más alta de la montaña. Era una gran superficie plana con una gran roca negra que destacaba contra la nieve. Ted clavó una bandera mientras Mor se acercaba a Ray, que estaba más adelantado que el resto, para hacerle una pregunta.
-¿Dónde está lo que vinimos a buscar?- Preguntó curioso.
-No lo sé...- Se limito a responder el líder. -Pero se hace de noche y deberíamos descansar. Esperemos que nuestro ángel de la guardia nos guíe por la mañana.
Los cuatro se encaminaron hacia la roca, que les ofrecía una perfecta cobertura del gélido viento nocturno. La mujer los adelantó y se puso frente a Ray con los brazos abiertos, en señal de que no debían continuar adelante, pero ninguno hizo caso. Las chispas flotaron en el aire, luchando por llegar a las hojas de la hoguera para prender, pero no pudieron. La mujer se empeñaba en impedir que el fuego brotase.
Ted sacó la pistola de bengalas y lazó el último proyectil contra las hojas secas de la hoguera que ardieron al instante.
-Solucionado.- Informó al tiempo que la mujer se ponía en guardia.
La roca rugió, el suelo tembló bajo los pies de todos y se giraron alertados. La roca no era tal, sino un gran monstruo, con seis ojos y cuatro cuernos, con garras de metro y medio y colmillos afilados como cuchillos. Todo el grupo retrocedió lentamente cuando el monstruo agachó su cabeza y rugió. El fuerte sonido hizo que todos cayeran de espaldas. La mujer se interpuso entre el monstruo y el grupo y comenzó a brillar.
Ray puso su mano para tapar la luz y vislumbró una figura.
-¿Eres tú?- Preguntó confuso. La mujer giró un poco su cabeza al oirlo y el líder pudo ver el rostro de su amada, mirándole una vez más, sintiendo que había estado cuidando de todos desde el momento en que se fue. Apretó fuerte el anillo una vez más mientras resistía como podía el dolor que sentía en el alma. No podía creer que la estuviera viendo una vez más, sólo quería correr hacia ella y abrazarla.
Pero antes de que puiera siquiera moverse la luz cesó y dejó de verla.
El monstruo ahora no era más que una estatua y Ray se sentía aliviado y dolido a la vez, porque ya no sentía la presencia de su amada cuidándole. ¿Se había ido definitivamente? Eso era lo que creía, mas se alegró de que todo hubiera terminado y ella pudiera descansar al fin.
-¿Crees que tendremos suerte?- Preguntó el más joven de todos, con una perilla castaña y unas líneas pintadas en la cara.
-Todo irá bien mientras la tengamos de nuestro lado.- Comentó el primero señalando al cielo.
La noche pasó entre historias del pasado y aventuras ficticias, riendo como no habían hecho en mucho tiempo, desde que perdieran al quinto miembro de su grupo, a la amada del líder, la mujer más hermosa que había caminado jamás por la tierra.
De lejos, subida en un árbol, una figura femenina observaba al grupo de cuatro hombres que iban cayendo de sueño uno a uno...
Por la mañana recogieron los sacos de dormir y apagaron el fuego. Les resultaba extraño haber podido dormir de forma tan plácida en un lugar tan inóspito, pero se alegraron por ello.
Ray, el hombre rubio y líder de la expedición, recogió un anillo de entre las brasas aún humeantes. Notó el metal quemándole la mano, mas no le importó. Una lágrima cayó para suavizar el dolor.
-He descubierto un camino.- Informó un corpulento hombre con tez morena a Ray.
-Gracias Mor.- Respondió el líder. -Guíanos por favor.- Pidió con una sonrisa.
Todos se pusieron en marcha siguiendo al gran hombre, mientras por encima de sus cabezas les sobrevolaba la mujer que les había estado observando durante la noche.
La subida no tuvo incidencias más allá de una nevada que les cogió por sorpresa, obligándoles a establecer una unión de seguridad entre todos, que ahora avanzaban atados con una cuerda los unos a los otros y temblando de frío.
Mor encabezaba el grupo seguido de Ted, el chico joven. Detrás iban Ray y Dan el pelirrojo. El camino avanzaba con normalidad hasta que el suelo se quebró bajo los pies de Mor, dejándolo suspendido en el aire y tirando con su peso a Ted que era el siguiente en la cuerda. Ray clavó su piqueta contra la pared mientras intentaba con todas sus fuerzas no dejarse arrastrar por el peso de sus compañeros y procuraba tirar de ellos para salvarlos.
La mujer descendió suavemente y rodeó con sus brazos al líder, ayudándolo a tirar y consiguiendo rescatar a todos con gran dificultad. Ted y Mor quedaron de rodillas en el suelo del camino, con la adrenalina dejando de fluir por sus venas poco a poco.
-¿Estáis bien?- Preguntó Dan mientras se acercaba a sus compañeros.
Ray miró hacia atrás, pero no vio nada. "Que extraño", pensó, "Juraría que he notado una presencia", pero la tormenta era tan espesa que apenas sí podía ver medio metro delante suya.
Cuando todos estuvieron recuperados del susto cruzaron el pequeño desfiladero que quedaba donde Ted y Mor habían estado a punto de despeñarse. Pasaron uno a uno y sin ninguna prisa, estando preparados para tirar de la cuerda si alguno caía. Pero nada malo volvió a pasar y pudieron seguir adelante.
Al fin llegaron al final del camino y ahora se encontraban frente a un gran precipicio y ninguna forma aparente de continuar.
-¿Y ahora qué?- Preguntó Dan tras asomarse con cuidado al abismo.
-Intentaremos llegar a la otra montaña.- Sentenció Ray señalando al frente, donde se intuía la sombra de una segunda elevación.
El líder de la expedición rebuscó en su mochila y sacó un pequeño cañón con un arpón dentro. Ató el final del arpón al arma con una cuerda gruesa y resistente. Mantuvo la respiración mientras apuntaba. Y disparó.
El arpón salió lanzado haciendo una gran parábola hacia arriba y llegó a la otra montaña por poco. Ray tiró de la cuerda para asegurarse de que estaba bien sujeta. Recogió unos centímetros y entonces no pudo más; estaba aferrada a algo. Un graznido retumbó desde la otra elevación y una figura emergió de ahí.
Un gran cuervo salió volando de entre la ventisca y apareció en la visión del grupo. Tenía el arpón clavado en una de sus patas que borboteaba sangre negra. La gran bestia se abalanzó sobre los cuatro hombres, que se tiraron al suelo para ponerse a cubierto. El ave impactó contra la pared de la montaña, causando un gran desprendimiento de nieve que casi los sepultó, pero pudieron salir sin mucha dificultad.
Todos se pusieron en pie, dispuestos a salir corriendo, pero de la mochila de Ted se deslizó una pistola de bengalas, que recogió con expresión confusa. Miró la herramienta entre sus manos y se le ocurrió un plan. Apuntó con ella al cuervo que volvía a abalanzarse contra ellos, y disparó.
La extraña mujer que los había estado siguiendo voló a gran velocidad siguiendo la trayectoria de la bengala hasta que llegó al pico abierto de la bestia y se tragó primero la bengala y luego a la mujer y siguió volando hacia la expedición a gran velocidad.
-¡No ha funcionado!- Se lamentó Mor mientras echaba a correr como podía por la nieve, pero justo en ese momento las plumas y luego la carne del cuervo comenzaron a arder, hubo una pequeña explosión y luego un montón de cenizas y plumas negras cayendo suavemente por el abismo, mientras la mujer flotaba en el centro de todo ello totalmente intacta.
-¡La bengala le ha hecho arder desde dentro!- Gritó Dan emocionado mientras se acercaba a abrazar a Ted y los demás. Ray dejó de apretar con fuerza la mano en que llevaba el anillo de su amada y la abrió lentamente. Observó la marca que le había dejado grabada en la piel, y volvió a guardar el objeto en uno de sus bolsillos.
Repitieron el disparo de un nuevo arpón, el último, y esta vez tuvieron suerte. Ahora sólo quedaba pasar por la cuerda hasta la otra montaña. Cortaron su cuerda de seguridad hasta tener una cuerda propia para cada uno y entonces pusieron en marcha el plan. Se ataron cada uno un extremo de la cuerda y la pasaron por encima del cable que unía ambas montañas, entonces se ataron el otro extremo. Una vez asegurado que si las manos se les resbalaban no caerían, comenzaron a cruzar.
Hicieron un gran esfuerzo muy prolongado, por lo que al llegar a la otra montaña tuvieron que sentarse a descansar alrededor de una hoguera. La mujer también se sentó, más alejada del grupo. Charlaron durante unas horas hasta que estuvieron preparados para partir. Cuando se sintieron descansados, continuaron subiendo la montaña.
Con el Sol poniéndose a su espalda consiguieron llegar a la parte más alta de la montaña. Era una gran superficie plana con una gran roca negra que destacaba contra la nieve. Ted clavó una bandera mientras Mor se acercaba a Ray, que estaba más adelantado que el resto, para hacerle una pregunta.
-¿Dónde está lo que vinimos a buscar?- Preguntó curioso.
-No lo sé...- Se limito a responder el líder. -Pero se hace de noche y deberíamos descansar. Esperemos que nuestro ángel de la guardia nos guíe por la mañana.
Los cuatro se encaminaron hacia la roca, que les ofrecía una perfecta cobertura del gélido viento nocturno. La mujer los adelantó y se puso frente a Ray con los brazos abiertos, en señal de que no debían continuar adelante, pero ninguno hizo caso. Las chispas flotaron en el aire, luchando por llegar a las hojas de la hoguera para prender, pero no pudieron. La mujer se empeñaba en impedir que el fuego brotase.
Ted sacó la pistola de bengalas y lazó el último proyectil contra las hojas secas de la hoguera que ardieron al instante.
-Solucionado.- Informó al tiempo que la mujer se ponía en guardia.
La roca rugió, el suelo tembló bajo los pies de todos y se giraron alertados. La roca no era tal, sino un gran monstruo, con seis ojos y cuatro cuernos, con garras de metro y medio y colmillos afilados como cuchillos. Todo el grupo retrocedió lentamente cuando el monstruo agachó su cabeza y rugió. El fuerte sonido hizo que todos cayeran de espaldas. La mujer se interpuso entre el monstruo y el grupo y comenzó a brillar.
Ray puso su mano para tapar la luz y vislumbró una figura.
-¿Eres tú?- Preguntó confuso. La mujer giró un poco su cabeza al oirlo y el líder pudo ver el rostro de su amada, mirándole una vez más, sintiendo que había estado cuidando de todos desde el momento en que se fue. Apretó fuerte el anillo una vez más mientras resistía como podía el dolor que sentía en el alma. No podía creer que la estuviera viendo una vez más, sólo quería correr hacia ella y abrazarla.
Pero antes de que puiera siquiera moverse la luz cesó y dejó de verla.
El monstruo ahora no era más que una estatua y Ray se sentía aliviado y dolido a la vez, porque ya no sentía la presencia de su amada cuidándole. ¿Se había ido definitivamente? Eso era lo que creía, mas se alegró de que todo hubiera terminado y ella pudiera descansar al fin.
viernes, 7 de noviembre de 2014
All I do (I do it for you).
-¡Arriad las velas!- Gritó el capitán con voz firme mientras sostenía el timón.
-¡Mi capitán, se avecina una tempestad!- Le avisó un grumete.
-¡Cruzaremos por entre esas montañas para cubrirnos del temporal!- Informó el gran hombre mientras avanzaba lentamente por el navío, dejando el control del barco a uno de sus hombres de confianza.
Ese día habían conseguido asaltar y hundir con éxito un barco de la armada inglesa. El botín que cargaban era extenso y había sido muy fácil conseguirlo. El capitán paseó por la cubierta de madera, observando a sus hombres trabajar por mantener el control del barco y que el viento no estropease las velas.
-¡Señor, tiene que ver esto!- Gritó uno de sus hombres llevándole un catalejo.
-Trae acá Rogers.- Espetó el capitán al marinero que le tendía la herramienta. El capitán apuntó su visión hacia los riscos a los que iban a entrar, pero no vio nada, sólo las olas partiendo contra las rocas. -¡No veo nada grumete!- Dijo tendiéndole con furia el catalejo de vuelta.
Rogers puso cara de confusión mientras pensaba que debía estar cansado. El capitán Artroz continuó su paseo, mientras la proa del barco comenzaba a penetrar en la corriente que pasaba entre esos dos montículos rocosos, lleno de piedra afilada por la erosión. El barco rozó con una de las paredes, arañando y abriendo una fisura en el casco de madera. Todos se tambalearon.
-¡Patán!- Gritó Artroz mientras se daba media vuelta para ir hacia el que estaba conduciendo el navío, pero no había nadie en el timón. -¡¿Dónde se ha metido Lars?!- Preguntó pensando que se había escaqueado en el momento menos oportuno.
Todo el mundo comenzó a hablar en voz alta con miedo en la voz. “Esta zona está maldita”, “ha desaparecido de mi vista de pronto”, “deberíamos salir de aquí”. Un disparo interrumpió la charla. El capitán había disparado al aire para llamar la atención de sus hombres.
-¡Callaos!- Ordenó. -Oigo algo.
Una fina melodía se hizo audible. Voces dulces y melodiosas llegaron al barco traídas junto a un suave perfume de mujer. Todo el mundo quedó en silencio escuchando con atención hasta que alguien actuó.
-¡Cantos de sirena!- Gritó Rogers. -¡Tapaos los oídos!- Sugirió mientras hacía lo propio y muchos lo imitaban.
Artroz se giró hipnotizado por el bello canto que provenía de una zona de niebla que estaban a punto de atravesar. El capitán del barco desenvainó su espada, dispuesto a combatir el mal que estaba a punto de cernirse sobre su querido navío. Al menos eso pensaban sus camaradas.
Uno de los grumetes que no se había tapado los oídos a tiempo caminó hacia la proa del barco, cerca de donde estaba su capitán, con intención de saltar al mar para encontrarse con sus queridas sirenas, pero el capitán se giró rápidamente y le clavó la espada.
El cuerpo cayó al suelo de madera borboteando sangre por el orificio abierto. La espada goteaba sangre, pero eso no era lo que más llamaba la atención, sino los ojos totalmente en blanco de su capitán.
-¡Son mías!- Dijo con una voz salida de ultratumba. Sus camaradas temblaron, pero Rogers corrió hacia Artroz y le quitó la espada de un golpe.
El capitán sonrió y disparó a bocajarro en el pecho del grumete.
-Hermano...- Dijo éste antes de caer al suelo sin vida.
-Nadie me impedirá reunirme con mi sirena.- Susurró al tiempo que saltaba al agua y una sirena le recogía en un cálido abrazo.
El capitán se sintió feliz, más feliz que nunca, antes de que su compañera tirase de él bajo el agua hasta que terminó por ahogarlo. Pero, aunque Artroz sabía que ese amor le estaba matando, no le importó.
-¡Mi capitán, se avecina una tempestad!- Le avisó un grumete.
-¡Cruzaremos por entre esas montañas para cubrirnos del temporal!- Informó el gran hombre mientras avanzaba lentamente por el navío, dejando el control del barco a uno de sus hombres de confianza.
Ese día habían conseguido asaltar y hundir con éxito un barco de la armada inglesa. El botín que cargaban era extenso y había sido muy fácil conseguirlo. El capitán paseó por la cubierta de madera, observando a sus hombres trabajar por mantener el control del barco y que el viento no estropease las velas.
-¡Señor, tiene que ver esto!- Gritó uno de sus hombres llevándole un catalejo.
-Trae acá Rogers.- Espetó el capitán al marinero que le tendía la herramienta. El capitán apuntó su visión hacia los riscos a los que iban a entrar, pero no vio nada, sólo las olas partiendo contra las rocas. -¡No veo nada grumete!- Dijo tendiéndole con furia el catalejo de vuelta.
Rogers puso cara de confusión mientras pensaba que debía estar cansado. El capitán Artroz continuó su paseo, mientras la proa del barco comenzaba a penetrar en la corriente que pasaba entre esos dos montículos rocosos, lleno de piedra afilada por la erosión. El barco rozó con una de las paredes, arañando y abriendo una fisura en el casco de madera. Todos se tambalearon.
-¡Patán!- Gritó Artroz mientras se daba media vuelta para ir hacia el que estaba conduciendo el navío, pero no había nadie en el timón. -¡¿Dónde se ha metido Lars?!- Preguntó pensando que se había escaqueado en el momento menos oportuno.
Todo el mundo comenzó a hablar en voz alta con miedo en la voz. “Esta zona está maldita”, “ha desaparecido de mi vista de pronto”, “deberíamos salir de aquí”. Un disparo interrumpió la charla. El capitán había disparado al aire para llamar la atención de sus hombres.
-¡Callaos!- Ordenó. -Oigo algo.
Una fina melodía se hizo audible. Voces dulces y melodiosas llegaron al barco traídas junto a un suave perfume de mujer. Todo el mundo quedó en silencio escuchando con atención hasta que alguien actuó.
-¡Cantos de sirena!- Gritó Rogers. -¡Tapaos los oídos!- Sugirió mientras hacía lo propio y muchos lo imitaban.
Artroz se giró hipnotizado por el bello canto que provenía de una zona de niebla que estaban a punto de atravesar. El capitán del barco desenvainó su espada, dispuesto a combatir el mal que estaba a punto de cernirse sobre su querido navío. Al menos eso pensaban sus camaradas.
Uno de los grumetes que no se había tapado los oídos a tiempo caminó hacia la proa del barco, cerca de donde estaba su capitán, con intención de saltar al mar para encontrarse con sus queridas sirenas, pero el capitán se giró rápidamente y le clavó la espada.
El cuerpo cayó al suelo de madera borboteando sangre por el orificio abierto. La espada goteaba sangre, pero eso no era lo que más llamaba la atención, sino los ojos totalmente en blanco de su capitán.
-¡Son mías!- Dijo con una voz salida de ultratumba. Sus camaradas temblaron, pero Rogers corrió hacia Artroz y le quitó la espada de un golpe.
El capitán sonrió y disparó a bocajarro en el pecho del grumete.
-Hermano...- Dijo éste antes de caer al suelo sin vida.
-Nadie me impedirá reunirme con mi sirena.- Susurró al tiempo que saltaba al agua y una sirena le recogía en un cálido abrazo.
El capitán se sintió feliz, más feliz que nunca, antes de que su compañera tirase de él bajo el agua hasta que terminó por ahogarlo. Pero, aunque Artroz sabía que ese amor le estaba matando, no le importó.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
So close, no matter so far.
Despertó con un fuerte sonido de explosión.
-¿Qué pasa?- Preguntó a la nada mientras saltaba de su cama y se enfundaba sus pantalones militares.
-¡Otra explosión!- Le comunicó su compañera abriendo la puerta de su cuarto de golpe.
Tras oír aquellas palabras salió a toda prisa del cubículo donde había dormido los dos últimos días y tiró del brazo de su acompañante. ¿Una explosión más? ¿Cómo era posible? Creía haber acabado con todos los merodeadores durante la noche, sin embargo...
Antes de llegar a la esquina del pasillo vio una sombra en la pared que avanzaba dispuesta a doblar el recodo y descubrirlos en plena huída.
-En el armario.- Susurró con firmeza mientras abría una taquilla situada a su izquierda para más tarde empujar a su compañera al interior y encerrarse dentro con ella.
Oyó la respiración agitada de la chica y le tapó la boca como pudo para evitar ser descubiertos. Giró la cabeza suavemente hasta que pudo ver a través de las rendijas. Un merodeador estaba patrullando lentamente el pasillo y ahora se encontraba frente a la taquilla. La chica vio las fauces del ser y comenzó a temblar sin control.
-Tranquila.- Susurró el otro con cuidado. -Se irá enseguida. Informó.
Cuando la extraña criatura desapareció de la vista, él esperó un rato para salir de ahí con cuidado. Abrió la puerta y se asomó. Nada. Respiró aliviado.
-Rápido, busquemos la salida del búnker.- Sugirió a la chica mientras echaba a andar hacía la esquina vista anteriormente.
Andaron sin ningún problema hasta dar con unas escaleras rojas que subían hasta la superficie.
-¡Lo logramos!- Se regocijó la joven mientras abrazaba a su compañero y subía lentamente los escalones.
-Sí...- Asintió él.
La luz del sol los cegó durante un instante, suficiente para que un merodeador saltase sobre ellos. Sus brazos largos y afilados como estacas apuntaban al cuello de sus enemigos mientras abría sus fauces y borboteaba saliva negra.
-¡Os encontramos!- Dijo con gran regocijo la extraña criatura, que aulló al cielo alertando a sus compañeros.
La chica aprovechó el despiste de la criatura para sacar su pistola y disparar. El aullido quedó interrumpido tras la explosión de la cabeza del ser y el consiguiente esparcimiento de sus restos por doquier.
-¡Rápido, los tendremos aquí en menos de un minuto!- Apremió el otro mientras se ponía en pie. -¡La fortaleza no debe estar lejos, ahí acabará todo esto, por fin te darán refugio!- Informó él.
-¿Pero qué pasará contigo?- Preguntó la chica mientras aún corría a su lado.
-Nada.- Respondió agachando la cabeza.
La chica paró se acercó a su compañero y detuvo su carrera. Puso sus delicadas manos en la cara del otro y le giró la cabeza para que sus miradas se encontraran.
-¿Qué va a pasar contigo?- Preguntó muy seria.
-¿Qué crees que va a pasar?- Respondió sarcásticamente. -¡Me darán muerte!- Gritó. -¡A los humanos no les gustan los merodeadores!- Informó.
-¡Pero tú eres diferente!- Defendió ella.
-No para ellos...- Hizo una pausa. -No me importa morir si con ello consigo ponerte a salvo.- Sentenció.
-No te he pedido que mueras por mí.- Dijo aríscamente la chica. -Si mi seguridad significa tu muerte prefiero seguir huyendo.
-¡Una vida más fácil te espera tras las murallas!- Dijo el merodeador.
-¡Y una vida más feliz a tu lado!- Gritó furiosa.
Ambos se miraron a los ojos, temblando de rabia. Ella dio un paso. Él lo imitó. Y ambos se inclinaron para fundirse en un apasionado beso interespecie que nunca llegó, pues los otros merodeadores llegaron para poner fin a la discusión que habían estado teniendo.
Con sus corazones atravesados por los brazos de sus enemigos, no pudieron sino caer al suelo, uno al lado del otro, como recordatorio de que nunca habrían podido estar juntos.
-¿Qué pasa?- Preguntó a la nada mientras saltaba de su cama y se enfundaba sus pantalones militares.
-¡Otra explosión!- Le comunicó su compañera abriendo la puerta de su cuarto de golpe.
Tras oír aquellas palabras salió a toda prisa del cubículo donde había dormido los dos últimos días y tiró del brazo de su acompañante. ¿Una explosión más? ¿Cómo era posible? Creía haber acabado con todos los merodeadores durante la noche, sin embargo...
Antes de llegar a la esquina del pasillo vio una sombra en la pared que avanzaba dispuesta a doblar el recodo y descubrirlos en plena huída.
-En el armario.- Susurró con firmeza mientras abría una taquilla situada a su izquierda para más tarde empujar a su compañera al interior y encerrarse dentro con ella.
Oyó la respiración agitada de la chica y le tapó la boca como pudo para evitar ser descubiertos. Giró la cabeza suavemente hasta que pudo ver a través de las rendijas. Un merodeador estaba patrullando lentamente el pasillo y ahora se encontraba frente a la taquilla. La chica vio las fauces del ser y comenzó a temblar sin control.
-Tranquila.- Susurró el otro con cuidado. -Se irá enseguida. Informó.
Cuando la extraña criatura desapareció de la vista, él esperó un rato para salir de ahí con cuidado. Abrió la puerta y se asomó. Nada. Respiró aliviado.
-Rápido, busquemos la salida del búnker.- Sugirió a la chica mientras echaba a andar hacía la esquina vista anteriormente.
Andaron sin ningún problema hasta dar con unas escaleras rojas que subían hasta la superficie.
-¡Lo logramos!- Se regocijó la joven mientras abrazaba a su compañero y subía lentamente los escalones.
-Sí...- Asintió él.
La luz del sol los cegó durante un instante, suficiente para que un merodeador saltase sobre ellos. Sus brazos largos y afilados como estacas apuntaban al cuello de sus enemigos mientras abría sus fauces y borboteaba saliva negra.
-¡Os encontramos!- Dijo con gran regocijo la extraña criatura, que aulló al cielo alertando a sus compañeros.
La chica aprovechó el despiste de la criatura para sacar su pistola y disparar. El aullido quedó interrumpido tras la explosión de la cabeza del ser y el consiguiente esparcimiento de sus restos por doquier.
-¡Rápido, los tendremos aquí en menos de un minuto!- Apremió el otro mientras se ponía en pie. -¡La fortaleza no debe estar lejos, ahí acabará todo esto, por fin te darán refugio!- Informó él.
-¿Pero qué pasará contigo?- Preguntó la chica mientras aún corría a su lado.
-Nada.- Respondió agachando la cabeza.
La chica paró se acercó a su compañero y detuvo su carrera. Puso sus delicadas manos en la cara del otro y le giró la cabeza para que sus miradas se encontraran.
-¿Qué va a pasar contigo?- Preguntó muy seria.
-¿Qué crees que va a pasar?- Respondió sarcásticamente. -¡Me darán muerte!- Gritó. -¡A los humanos no les gustan los merodeadores!- Informó.
-¡Pero tú eres diferente!- Defendió ella.
-No para ellos...- Hizo una pausa. -No me importa morir si con ello consigo ponerte a salvo.- Sentenció.
-No te he pedido que mueras por mí.- Dijo aríscamente la chica. -Si mi seguridad significa tu muerte prefiero seguir huyendo.
-¡Una vida más fácil te espera tras las murallas!- Dijo el merodeador.
-¡Y una vida más feliz a tu lado!- Gritó furiosa.
Ambos se miraron a los ojos, temblando de rabia. Ella dio un paso. Él lo imitó. Y ambos se inclinaron para fundirse en un apasionado beso interespecie que nunca llegó, pues los otros merodeadores llegaron para poner fin a la discusión que habían estado teniendo.
Con sus corazones atravesados por los brazos de sus enemigos, no pudieron sino caer al suelo, uno al lado del otro, como recordatorio de que nunca habrían podido estar juntos.
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